Por: Marcela Santos.
Esta pregunta que pudiera parecer innecesaria (¡por supuesto, si todos conocemos muchas cosas!) es una pregunta muy importante que se han planteado filósofos y científicos por siglos.
Es una pregunta vigente y aún genera discusiones de muy alto nivel. Pero también nosotros, ciudadanos corrientes pero curiosos, nos la podemos plantear y podemos debatir algunas cosas interesantes al respecto.
¿Es posible conocer? ¿Conocer la realidad tal como es? ¿Podemos tener la última palabra respecto a cómo son las cosas? Supongamos un hecho de la vida cotidiana: Pedro sale de su casa y ve que en la casa de al frente hay un incendio. Se queda detenido y observa durante una hora lo que sucede, cómo sucede, cómo se resuelve todo y termina el incendio. Podríamos decir que él conoce efectivamente lo que sucedió pues presenció los hechos durante una hora. Pero resulta que de adentro sale una mujer que no presenció los hechos; los vivió. Podríamos decir que ella conoce efectivamente lo que sucedió pues estuvo adentro, vivió el ardor del fuego, puede dar testimonio del dolor, del pánico, de la asfixia, etc. Y resulta que pasó un vecino y vio el incendio y vio a Pedro ver el incendio. Él podrá dar fe de lo sucedido y, además, de la actitud de Pedro de estar parado en la casa de al frente, viendo el incendio: ¡indiferente!, ¡indolente! ¡ajeno! Y así seguiremos teniendo testigos, cada uno aumentando datos, y entre esos datos, hechos, emociones, actitudes, etc. ¿Dónde está la verdad?
Pero hasta aquí hemos elegido un tema de la vida cotidiana que no nos permite aún llegar a esas altas discusiones de las que hemos hablado líneas antes. Afinemos entonces nuestra pregunta: ¿Es posible el conocimiento científico? ¿Aquél, importante, trascendente, válido y confiable, producido por los científicos?
También diremos que es una pregunta inútil, la historia de la humanidad está llena de momentos gloriosos de descubrimientos, de inventos, de formulaciones teóricas que han permitido a los humanos avanzar hacia formas de vida más avanzadas, venciendo dificultades, enfermedades, etc.
Los científicos van produciendo conocimientos a través del denominado método científico que permite ir avanzando, a partir de la formulación de preguntas de investigación, por un camino determinado como proceso de investigación, que consiste en un método riguroso y sistemático para producir conocimientos y nuevas teorías. Si los científicos tienen sus métodos, avalados por los mismos científicos –la comunidad científica, como se la denomina ahora– deberíamos suponer que todo aquel científico que sigue el método con rigor y logra producir un conocimiento nuevo, debe ganar el reconocimiento de sus colegas y la aceptación de su aporte.
Pues veremos que aquí también suceden cosas como las que nos suceden en la vida cotidiana. Para ello citaré dos ejemplos tomados de Un puente para dos miradas
[1]:
En 1984, el Premio Nobel fue concedido a una genetista norteamericana llamada
Barbara McClintock. Ella recibió el premio porque su teoría fue finalmente
aceptada: que los genes saltan de un lugar a otro dentro de una célula. Esta
idea de genes saltadores era simplemente inaceptable. Fue rechazada en biología
y genética durante treinta años. Durante ese tiempo la Dra. McClintock había
estado publicando sus resultados, pero la gente del campo de la genética no los
aceptaba como hechos válidos. Decían que no era posible, aun cuando su hallazgo
era un hecho, una observación en la acepción clásica. (p. 37)
Otro ejemplo que quiero presentar es uno mucho más curioso, sucedido en Estados Unidos:
“... valiéndose de artículos científicos que habían sido publicados en buenas
revistas (que por lo tanto contenían hechos aceptados por la comunidad
científica), unas personas cambiaron los nombres de los autores y el nombre del
lugar en que el artículo había sido publicado. En lugar de decir que la
investigación había sido llevada a cabo en Stanford o Harvard o en algún lugar
equivalente, decían que había sido hecha en el Tíbet o en Chile. El resultado
fue que, de un total de cien artículos entregados, 80% fue rechazado con
comentarios señalando que no era buena ciencia, que el método era incorrecto,
que la interpretación era mala. ¡Y sin embargo, eran los mismos artículos que
habían sido previamente publicados por las mismísimas revistas! (p. 48).
En fin, aún entre los científicos hay un sistema de creencias más fuerte que sus métodos y su rigor científicos, que los hace aceptar o rechazar un nuevo conocimiento, una nueva formulación teórica, quizás nuevos científicos.
Ahora, a fines de siglo XX e inicios del XXI, una gran cantidad de científicos aceptan que la objetividad, aquel ideal de los científicos de hasta el siglo pasado, ya no es un bien alcanzable. Ya no aceptan más la idea de una realidad objetiva, con vida autónoma, independiente del observador. Ahora, la realidad se ha vuelto dependiente de quien conoce.
Entonces, ¿es posible conocer? La respuesta sería sí, y el conocimiento estaría sujeto a quien produce el conocimiento, al lugar en que lo produce y a los marcos teóricos que maneja. Podríamos decir que siempre fue así, la diferencia es que ahora esto es aceptado como una verdad.
[1] Varela, Francisco y Jeremy Hayward, Un puente para dos miradas. Conversaciones con el Dalai Lama sobre las ciencias de la mente. Santiago: Dolmen Ediciones. 1997.