La insoportable levedad del no o los diferentes tipos de no
La semana pasada mi hermana fue a una presentación de un teatro en el Maac. Fue temprano pero ya no había puesto, por lo que cerraron la puerta, dejando a algunas decenas de personas afuera. El conserje indicó que No podía pasar nadie más.
Obviamente, nadie se movió. Al poco tiempo empezó “el palabreo”: mire, déjenos pasar, nos acomodamos en las escaleras, fíjese que el teatro es bueno, patatín, patatán. Finalmente, abrieron las puertas y dejaron entrar a un buen grupo.
El asunto es: ¿no que el tipo había dicho que no se podía pasar? Y no es que no se podía porque a él no le daba la gana, sino porque ya no había asientos disponibles. Sin embargo, consiguieron ablandar el corazón del hombre y permitió la entrada.
Esta es una típica costumbre nuestra, “el palabreo”. -¡Se pasó la roja! –Si oficial, pero le juro que no me percaté, es que el colectivo de adelante me tapó el semáforo y yo ... Y así fácilmente podemos convencer al vigilante, sin mediar dinero de por medio (de hecho, en este post me voy a referir únicamente a los casos en que el “no” migra “gratis” a un “sí”).
Todo es hablable, palabreable. Esto puede indicar dos cosas: o somos buenos convenciendo (y dejándonos convencer) o tenemos un no-falseta. O ambas cosas.
También podría tratarse de un no-fácil, esto es, decimos fácilmente no a algo, para evitarnos complicaciones, pero finalmente nos logran convencer de hacer un trabajo extra y convertimos el no en un sí.
Obviamente, tenemos el no-reglamentario. Legalmente, moralmente no se puede o debe hacer algo, pero finalmente cedemos porque, ¿tampoco hay que ser tan estrictos, no? Algo así fue lo ocurrido en el teatro con mi hermana.
El más común es el no-perezoso, el que le decimos a algún amigo cuando nos pide un pequeño favor, para terminar luego cediendo a la menor presión.
Obviando los casos menores, creo que deberíamos tener un no-no. El poco respeto al no demuestra, me parece a mí, que no le damos mucha importancia a nuestras palabras ni a los reglamentos.
¿No sería más fácil decir si desde el principio? ¿Si el reglamento o el procedimiento lo impide, porque no nos esforzamos en cumplirlo y hacerlo cumplir?
En honor a la verdad, también nos gusta el “juego” de la palabreada. Es agradable ver como un no-rotundo se convierte en un bueno-está-bien: nos da una sensación de triunfo muy agradable y creo que deja al tipo que acaba de ser convencido con una sensación de bondad, con un aura de nobleza de sentimientos, con la impresión de ser un hacedor de la felicidad ajena, de un ser semiDios que concede sus favores al mundo.
Claro, esto para poner de una manera poética que finalmente convencimos a un fulano de que no cumpla cabalmente sus obligaciones para mejorarnos la vida.