Mastropiero era muy amigo de la Duquesa de Lowbridge, mujer madura, cuyos encantos no habían disminuido con los años: habían desaparecido. Mastropiero fingía ardorosa pasión por la Duquesa, pero a sus espaldas le hacía la corte a su hija, Genoveva. De esta manera siempre podía ingresar en el castillo y frecuentar a su nieta: Matilde. Semejante juego de simulacros galantes daba excelentes resultados; no era la primera vez que este sistema era utilizado... por las tres mujeres.Les Luthiers, Mastropiero que nunca, La bella y graciosa mozaEn los sociales de El Universo apareció la foto de Doña Periquita de Tal, celebrando su cumpleaños 90, en unión de sus amigas “de toda la vida” (marcharon todas las de la foto). Para tener 90 las señoras estaban muy bien.
Fotos más arriba estaba una destacada dama porteña, momificada a punta de cirugía.
¿Cuál es el meollo del asunto? Yo misma no lo sé. No creo que tenga nada de malo querer verse mejor. Si te estás arrugando y unos cortecitos de bisturí te pueden ayudar, ¿por qué no hacerlo? El problema radica en que esto de las cirugías se convierte entonces en una especie de droga, que luego no puedes abandonar. La obsesión de no dejar ni un atisbo de arruga en el cara (y cuello) (y en las manos, dónde también se ve la edad) hace que algunas personas entren y salgan del quirófano del “escultor moderno” con demasiada frecuencia.
Obviamente, durante algunos años los resultados son buenos, pero luego, como venimos con una cantidad limitada de piel, ya no hay de donde estirar más, y se ven unas cosas terribles, señoras tipo Michael Jackson circulando por las calles. Pero, como vimos, es difícil dejar la “droga”, y el horror de aceptar que ya no se es cuarentañera y que los años dejan vestigio, parece ser terrible. Al menos para algunas.
Años atrás las canas y arrugas eran señales de respeto. Ahora, como dicen algunas, son señales de “chirez” o, en el peor de los casos, de terror al quirófano. ¿Problemas de queloides?
Por supuesto, la culpa no es sólo de las operadas. Estamos en una sociedad de culto al físico, de culto a la “belleza”. Por lo tanto, una arruga es señal de fealdad. Las marcas que dejan el paso de los años son . . . ¡una verguenza! Si no fuera así, por qué ocultarlas. ¿Qué cuernos nos está pasando? Por supuesto que hay que cuidar el estuche, nos va a acompañar toda la vida, pero no hay que exagerar.
Las personas desean verse jóvenes, sentirse jóvenes e, incluso ahora, hablar como jóvenes (la nueva novelería, operación a las cuerdas vocales). La vida tiene etapas, los niños deben disfrutar su niñez, los jóvenes su juventud, los adultos su . . y los viejos su vejez.
Ocurre también que se ha estigmatizado la vejez. “Hay que sentirse joven” implica que sentirse viejo es una tontera. ¿Y cómo se sienten los viejos? Evidentemente, no quieren andar de farra hasta el amanecer porque el físico no les da y a veces las ganas tampoco. ¿Es malo eso? Asumimos que una señora que prefiere pasar en casa en vez de salir a la calle anda mal, si la tal señora anda feliz por las calles es una “joven de espíritu”. ¿Ser joven es exclusivamente salir a divertirse?
Mi madre sale relativamente poco, escoge bien sus salidas, prefiere la calidad a la cantidad. No es ni de lejos una persona amargada, es feliz así. Está bien conservada, tiene alguuunos años pero si representa unos cuántos menos. Fue muy guapa de joven y no le agrada que le endilguen la frase “Pero si estás igualiiita”, “¿Cómo que estoy igualita, si yo fui joven?”
Sería bueno que eliminemos el estigma de mirar mal a los viejos. Si lo hacemos, creo que bastantes y conocidas señoras guayaquileñas estarían más tranquilas todas las mañanas al mirarse al espejo, eliminarían su pánico a las líneas de expresión (por decirlo delicadamente) y el terror al paso de los años, de los meses, de los días y las horas.
Por otro lado, establezcamos también qué mismo es ser joven y qué mismo es ser viejo. Si siempre nos sentiremos cómo jóvenes, de hecho estaremos estigmatizando a los viejos.
Yo ya no soy jovencita. No me gusta amanecerme bailando porque, de hecho, nunca me ha gustado bailar, pero puedo tranquilamente ver la salida del sol luego de una buena conversación. Prefiero un café con mis amigas a treparme a bailar en una silla en un karaoke (pero disfruté mucho cuando lo hice). Me da un poquillo de miedo andar sola en las noches por las calles protegidas o no de Guayaquil (pero me amanecí con unos amigos disfrutando a Les Luthiers, a pesar de que no pudimos profundizar sobre el apasionante tema de si antes eran mejores que ahora).
¿De qué cosas disfrutan Gloria Gallardo, Jenny Estrada y Joyce Higgins? ¿Las disfrutarían menos o se sentirían limitadas de hacerlas con su look original? ¿Verían mal las demás personas que las hagan, si estuvieran canosas y arrugadas?
PD. Me enteré hoy del la cuasi demanda que le puso Movistar a un bloggero. Espero que ninguna de las damas ni sus cirujanos me entablen una demanda.